dimanche 15 novembre 2009

El ferrocarril Larache-Alcazarquivir

على ضفاف نهر اللوكُوس، حيث يمتزج صوت هدير الأمواج ونسيم الصباح، تنهض مدينة العرائش بشموخٍ قديم يُذكِّر الناظر إليها بتاريخٍ غارق في الوجَع والأمجاد. كأنها أميرةٌ عجوز تشبّثت بذريعتها الأخيرة في وجه عواصف الاستعمار والصراع بين القوى العظمى. فمنذ زمنٍ بعيد، يوم اعتبر الملك الإسباني فيليبي الثاني أنَّ “العرائش وحدها تساوي كل إفريقيا”، ظلّت هذه المدينة أيقونةً مطمورةً بأطماع الإمبرياليين وأحلام المغاربة في الحرية والخلاص.

في عام 1911، حين وقّعت فرنسا وألمانيا اتفاقيتهما الشهيرة التي اشترطت ألا يُشَيَّد خطٌّ حديديٌّ في المغرب قبل إنهاء خط طنجة – فاس، عادت العرائش إلى واجهة التاريخ كأنّها عقدة الحبل الذي يربط الشمال بالوسط. وعلى الرغم من الخلافات المستعرة بين فرنسا وإسبانيا، ظهر ذلك المشروع الذي سيجمع -على نحوٍ عجيب- خصمين على سكة واحدة: سكة تحلم أن تُلقي بثقلها على تربةٍ أثخنتها المناورات السياسية والأطماع العسكرية.

بدأ العمل في خط العرائش – القصر الكبير سنة 1913، بطولٍ يُناهز 34 كيلومترًا، ليكتمل بعد خمس سنواتٍ شاقةٍ من الحفر ومدّ القضبان وتهذيب الأرض، تحت سطوةِ الحاجة وإشراف الجيش الإسباني. خمسة ملايين بسيطة صُرِفت على هذا الأمل الحديدي الذي امتدَّ كخيطٍ من الأمل يجمع بياض القرى بخضرة الحقول، ويُنَشِّط حركة الناس والبضائع في ذلك الزمن القاسي.

كان يُخَيَّل لراكب القطار حينذاك أنّه يحجّ إلى حياةٍ جديدة، رغم أن الرحلة بين العرائش والقصر الكبير تستغرق سبع ساعاتٍ من التوقف والتحميل والتفريغ. سبع محطاتٍ وسبع ساعاتٍ، كأنَّ فيها رمزًا لحِكْمَة الزمن الذي لا يمُرّ عبثًا؛ في كل وقفةٍ تنفرج نافذة العربة على حقولٍ فسيحة وعلى وجوه المزارعين وهم يحمّلون السلع والماشية، فتتسلل رائحة الثرى والجير وثغاء الأغنام إلى عربات القطار، وكأنّ الحياة بأكملها تركض بالتوازي مع قضبان الحديد.

في سنة 1943، كانت المحطة تعجُّ بأصوات الركاب، حيث بلغ عددهم 128 ألف راكب في عامٍ واحد، كأن المدينة قد صحَت على صوت صفير القاطرات ورائحة الفحم المشتعل. وفي تلك الأرقام التي سجّلت نقل خمسة عشر مليون كيلوغرام من البضائع وألفي رأس ماشية، تتجلّى صورةُ نهضةٍ صغيرةٍ على ضفاف اللوكوس، نهضةٍ لم تخلُ من الشقاء والعرق الذي بلّل ثياب الحمّالين والعمال.

لكنَّ التاريخ، على عادته القاسية، أبى إلّا أن يمضي في مساره المتقلّب؛ فمع تعاقب الأزمات السياسيّة والحروب في الثلاثينيات، تضاءل وهج القطار، وتراجعت حيويته، حتى صار ككهلٍ أرهقته أعباء الصيانة ونُدرة القطع والغيار. أرصفة المحطات بدت شبه خاوية، والقضبان نفسها بدت مُتعبة من حمل قاطراتٍ أنهكتها قسوةُ الأيام. ومع مطلع الأربعينيات، جاءت محاولات الترميم وإصلاح القاطرات والعربات، فكان ذلك أشبه بمحاولة بعث روحٍ في جسدٍ مُنهَك، محكوم عليه بالمقاومة وكأنه قدرٌ معلّق في مجرى الزمان.

وفي تلك الفترة، حين كانت تُنظَّم الاحتفالات والبطولات الرياضية، كان القطار ينفض غباره ليمتلئ بوجوه الأطفال والشباب، متدفقين بحماسٍ على العربات. تذكرةٌ بست بِسيطاتٍ ذهابًا وإيابًا تُشعل فرحتهم، وتجعلهم ينسون ضجيج السياسة والعسكر، ويعانقون مؤقتًا مذاق الحرية في ساحات العرائش التي تشهد على مباريات كرة القدم الصاخبة.

كم من قصة حب وُلدت بين قضبان هذا القطار؟ وكم من وداعٍ مُرّ ذرفته الأمهات وهي تُلَوِّح لأبنائها من عتبات العربات العتيقة؟ وكم من ضحكةٍ انطلقت عفويّةً في طريق الذهاب من الميناء إلى المنزه ومن العوامرة إلى صمصم؟ في تلك اللحظات الرهيفة، يجتمع التاريخ بالمشاعر، وتتقاطع مصالح القوى الكبرى بعيون الناس البسطاء. إنَّه مشهدٌ يعكس ازدواجية الحياة في ذاك الزمن: الحلم على حافّة الخوف، والأمل وسط ركام المناورات والسياسات.

أمَّا اليوم، فإنَّ صدى الصافرة الأولى لذلك القطار لا يزال يتردّد في الذاكرة الجماعية، كأنه همسُ الزمن الذي يخبرنا بأنَّ المدن، مهما حاولت السياسة تشويهَ مساراتها، تظلُّ قطعةً حيةً من روح الأرض. لقد بقيت العرائش شاهدةً على أنَّ السكك الحديدية ليست مجرد حديدٍ وخشبٍ وفحم؛ بل شرايينٌ تنبض بوصلات آدمية، ووجوهٍ يحمل كلٌّ منها قصته الصغيرة، يخطّها على صفحةٍ كبرى من تاريخ المغرب.

هكذا تتصافح الحكايات في محطة العرائش، حيث تلتقي ذكرى القطار القديم بدموعِ الأمس، وتنطلق الحكمة من بين قضبانٍ سئمت الحروب والمنازعات. لقد علّمتنا الأيام أنّ المدن التي تحتضن أحلام أهلها تتحوّل إلى قلاعٍ تحرس ذاكرتهم، وأنّ صوت القطار الذي كان يومًا بوابةً للاحتلال والقوة العسكرية، يستطيع -في لحظةٍ أعمق- أن يصير رمزًا للتواصل والحياة والأمل في غدٍ أكثر وئامًا.

تلك هي العرائش، ملهمة التاريخ، تتربع إلى جوار نهر اللوكوس متلألئةً بتراثها، ومرهقةً بعِبْءِ الذكريات. كلّ شارعٍ من شوارعها يروي للأجيال الجديدة كيف عَبَرها الطامعون والمحبّون، وكيف اختلف القادة على اقتسامها، وكيف انتصرت المدينة في النهاية باستمرارها، تُجدِّد نفسها مع كل جيلٍ، وتنفض عن كاهلها غبار القاطرات القديمة، لتكتب فصولاً جديدة من حكايةٍ لا تزال حبرها ساخنًا في دفتر الزمن.




A orillas del río Lukus, donde se mezcla el rumor de las olas con la brisa matinal, se alza la ciudad de Larache con una antigua grandeza que recuerda al espectador una historia llena de dolor y de gloria. Es como una dama anciana que se aferra a su último recurso frente a las tormentas del colonialismo y la rivalidad de las grandes potencias. Desde hace mucho tiempo, cuando el rey de España Felipe II afirmó que "solo Larache vale toda África", esta ciudad se convirtió en el objetivo de los imperialistas y la esperanza de los marroquíes por la libertad y la liberación.

En 1911, cuando Francia y Alemania firmaron su célebre convenio que exigía no construir ninguna línea férrea en Marruecos antes de terminar la línea Tánger–Fez, Larache volvió a ocupar un lugar privilegiado en la historia, como si fuera el nudo que une el norte con el centro. A pesar de las disputas candentes entre Francia y España, surgió aquel proyecto que, de forma sorprendente, terminaría juntando a dos rivales en una sola vía: un ferrocarril que soñaba con abrirse paso en una tierra agotada por las maniobras políticas y las ambiciones militares.

Los trabajos en la línea Larache–Ksar El Kebir comenzaron en 1913, con una extensión aproximada de 34 kilómetros, y se completaron después de cinco años de arduas tareas de excavación, colocación de raíles y adecuación del terreno, bajo la presión de la necesidad y la supervisión del ejército español. Cinco millones de pesetas se invirtieron en ese sueño ferroviario que se extendió como un hilo de esperanza conectando la blancura de los pueblos con el verdor de los campos, revitalizando el movimiento de personas y mercancías en aquellos tiempos difíciles.

Para el pasajero de entonces, subir a aquel tren era como encaminarse hacia una nueva vida, aun cuando el trayecto entre Larache y Ksar El Kebir duraba siete horas de paradas y labores de carga y descarga. Siete estaciones y siete horas, como si hubiera en ello un símbolo de la sabiduría del tiempo que nunca pasa en vano. En cada parada, se abría la ventana del vagón a extensos campos y al rostro de los campesinos, que cargaban sus bienes y ganado, dejando que el aroma de la tierra, de la cal y del balar de las ovejas se filtrara en los vagones, como si toda la vida corriera paralela a las vías de hierro.

En 1943, la estación bullía con las voces de los pasajeros, llegando a 128.000 en un solo año, como si la ciudad hubiera despertado con el silbido de las locomotoras y el olor del carbón ardiente. En aquellas cifras que registraban el transporte de quince millones de kilogramos de mercancías y dos mil cabezas de ganado se reflejaba la imagen de un pequeño florecimiento a orillas del Lukus, un auge no exento de trabajo duro y sudor que empapaba la ropa de cargadores y obreros.

Sin embargo, la historia, con su habitual dureza, siguió su curso inestable. Con las crisis políticas y las guerras de los años treinta, la energía inicial del ferrocarril disminuyó y su vitalidad se redujo, como un anciano que carga con el peso de las dificultades de mantenimiento y la escasez de piezas de repuesto. Los andenes de las estaciones se fueron quedando casi vacíos, y los raíles parecían cansados de soportar locomotoras debilitadas por la dureza de los días. A comienzos de la década de 1940 se acometieron labores de restauración para reparar vías y trenes, como si se intentara insuflar un soplo de vida en un cuerpo exhausto, obligado a resistir como un destino ineludible en el transcurrir del tiempo.

En aquella época, cuando se organizaban celebraciones y torneos deportivos, el tren sacudía su polvo y se llenaba de rostros de niños y jóvenes que acudían a sus vagones llenos de entusiasmo. Un billete de seis pesetas ida y vuelta encendía la alegría y les hacía olvidar temporalmente el estrépito de la política y la guerra, llevándolos a paladear la libertad en los campos de fútbol de Larache, donde se disputaban partidos vibrantes.

¿Cuántas historias de amor nacieron entre los raíles de este ferrocarril? ¿Cuántas despedidas amargas vieron las madres, agitando sus manos desde el umbral de aquellos vagones antiguos? ¿Cuántas risas brotaron de forma espontánea en el trayecto desde el puerto hasta Menzah, y desde Ouamara hasta Samsam? En esos momentos delicados, la historia se fundía con los sentimientos, y los intereses de las grandes potencias convergían con la vida cotidiana de la gente sencilla. Es la imagen de la doble naturaleza de la vida de entonces: el sueño al borde del miedo y la esperanza en medio de las intrigas y las políticas.

Hoy en día, el eco del primer silbato de aquel tren aún resuena en la memoria colectiva, como un murmullo del pasado que nos recuerda que las ciudades, aunque la política intente desviar sus rumbos, siguen siendo pedazos vivos del alma de la tierra. Larache permaneció como testigo de que los ferrocarriles no son solo hierro, madera y carbón, sino venas que laten con las conexiones humanas y los rostros que transportan sus propias historias, dejando su huella en las grandes páginas de la historia de Marruecos.

Así convergen los relatos en la estación de Larache, donde se encuentran los recuerdos de aquel tren antiguo con las lágrimas del ayer, y de donde brota una sabiduría que asciende desde las vías ya cansadas de guerras y disputas. Los días nos enseñan que las ciudades que cobijan los sueños de su gente se convierten en fortalezas que custodian su memoria; que el sonido de la locomotora, antaño símbolo de ocupación y fuerza militar, puede —en un instante más profundo— transformarse en un símbolo de comunicación, vida y esperanza de un mañana más armonioso.

Esa es Larache, inspiradora de la historia, que se sienta junto al río Lukus resplandeciendo con su patrimonio, cargada con el peso de los recuerdos. Cada calle de la ciudad relata a las nuevas generaciones cómo fue atravesada por ambiciosos y por soñadores, cómo disputaron los gobernantes para repartírsela, y cómo la ciudad finalmente prevaleció al persistir, renovándose con cada generación, y sacudiéndose el polvo de las viejas locomotoras para escribir nuevos capítulos en una historia que todavía se narra con tinta caliente en el libro del tiempo.






LARACHE. LABOR PACIFISTA EL DIRECTOR DE FOMENTO DE LA COMISARIA SUPERIOR, D. ENRIQUE MORALES, DANDO PASO AL PRIMER TREN DE LA LINEA TAN GER- FEZ, RECIENTEMENTE TERMINADA. 




En fin Quiero mencionar que mi abuelo "Sidi Mohamed Laaroussi Lwahbi" era el ultimo conductor de este tren
في الأخير أشير أن آخر سائقي هذا القطار هو جدي رحمه الله سيدي محمد الوهبي.

5 commentaires:

  1. Nuestro abuelo materno, el tuyo Houssam y el mio, Sidi Mohamed Laaroussi Lwahbi fue uno de los ultimos conductores del tren Larache- Alcazarquevir.

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  2. que pena al ver la degradacion programada de esta bellisima ciudad,
    vivo en Barcelona la hicieron una gran capital un reflejo de la cultura catalana y con perespectivas abiertas hacia el futuro prospero.
    Ultimamente el ayuntamiento ha organizado una consulta sobre como sera esta capital dentro de 150 años!
    busco en internet e encuetro este fabuloso blog, me pregunto como sera Larache dentro de 150 años!
    Gracias Houssam
    Issam Osman

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  3. gracias huoussam por haber hecho esas fotos de larache yo estube 12 anos de mi infancia y me acuerdo como si fuse ayer!! bien que todo habra cambiado bastante pero me acuerdo de esas olas que veiamos cuando miravamos para la otra vanda y el pescado tan bueno quebuenos recuerdos para siempre en mi mente !! julia de cannes!!

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  4. No se si es cierto,pero se comenta que la locomotora que llevó a Franco a Hendaya en la famosa entrevista con Hitler,termino haciendo el trayecto Larache-Alcazarquivi

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  5. Me gustaria encontrar todo lo relacionado con mi bisabuelo que fue Jefe de estacion en Larache, supongo que antes de la guerra civil Española, su nombre era Florencio Rubio, me encantaria conocer mas , gracias

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